La luz que habita en nosotras

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El 16 de mayo de 1960, el físico Theodore Maiman logró hacer funcionar el primer láser, marcando un antes y un después en la historia de la tecnología. A partir de ese hito, la UNESCO estableció esta fecha como el Día Internacional de la Luz.

¿Qué es la luz? Sabemos que está en todas partes y marca nuestra vida. Por ejemplo, la luz del sol, cuyo ciclo hace posible la vida, afecta nuestros ritmos biológicos, organiza nuestro día e incide en cómo nos sentimos. En el mundo vegetal, la vida también depende de ella y de la capacidad de fotosíntesis. 

La luz no está solo en la naturaleza. Gracias a la ciencia, también es parte de nuestro quehacer cotidiano. Ilumina nuestros hogares y espacios en horas de oscuridad, está presente en las pantallas que utilizamos como teléfonos, computadores y televisores por mencionar algunos y en todos los electrodomésticos que simplifican las tareas del hogar.

La luz ha sido clave en grandes avances científicos y tecnológicos; en la medicina, en las comunicaciones, en el arte, la fotografía y el cine, en la energía y en el desarrollo sostenible, haciendo nuestra vida más fácil y más conectada.

La luz tiene también un sentido más profundo en ell ser humano: podemos asociarla con el conocimiento, la claridad y la conciencia. Es esa “luz interior” que habita en cada ser y que se construye a través del aprendizaje y la experiencia.

En este Día de la Luz, más que invitarles a cuidar la energía en un sentido de eficiencia energética y cuidado de nuestro planeta, aprovechemos de detenernos un momento para observar nuestra propia luz interior; reflexionar sobre la importancia de cultivar la paz interna, la fortaleza espiritual y el amor propio; a aprender a superar nuestros temores aceptando nuestras sombras y, desde ahí, lograr brillar con autenticidad. Porque, incluso en la oscuridad, podemos convertirnos en un punto de referencia, en un pequeño faro de esperanza.

Para nosotras, como mujeres masonas, la luz adquiere un sentido aún más íntimo. No es solo un fenómeno físico, sino también un camino interior. Es el proceso mediante el cual despertamos la conciencia y aprendemos a mirar con mayor claridad. No se trata únicamente de adquirir conocimiento, sino de cómo lo integramos, cómo nos transforma y cómo lo ponemos al servicio de los demás. En ese recorrido, la oscuridad deja de ser un obstáculo y se convierte en el espacio donde la luz puede surgir con más fuerza; nos invita a ser más conscientes, más justas y más humanas.

Hay algo especialmente valioso en la luz: que no se agota al compartirla. Una llama puede encender muchas otras sin perder su brillo. Lo mismo ocurre con nuestros conocimientos, nuestros valores y la forma en que nos relacionamos.

En este día, vale la pena recordar que la luz más importante no está afuera, sino dentro de cada una: es la esperanza, el amor, el conocimiento y la creatividad. Cuidarla, alimentarla y mantenerla viva -a través del aprendizaje, la reflexión y el servicio- es una de las tareas más significativas que podemos asumir.

Al final, la luz más importante es la que habita en nosotras. Esa que se enciende en lo simple, en lo cotidiano, en lo que compartimos. No dejemos que se apague.

Elizabeth Rebolledo, Logia Araucaria N°1 de Santiago.
Departamento de Sustentabilidad y Medio Ambiente GLFCH.