Gabriela Mistral, la mujer fuerte

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“Tengo de llegar al Valle
que su flor guarda el almendro
y cría los higuerales
que azulan higos extremos,
para ambular a la tarde
con mis vivos y mis muertos»

Valle del Elqui, Poema de Chile.

Gabriela Mistral nació el 7 de abril de 1889 en Vicuña, en pleno Valle de Elqui, al norte de Chile. Su infancia transcurrió principalmente en el pequeño poblado de Montegrande, un entorno rural marcado por montañas, cielos abiertos y una naturaleza austera, pero profundamente simbólica.

Desde su origen humilde, hija de una madre costurera y un padre maestro que abandonó el hogar tempranamente, Gabriela Mistral creció en un ambiente donde la ausencia, el esfuerzo y la introspección marcaron su carácter.

El amor y la maternidad son las notas dominantes de Gabriela Mistral, Poesía vital y dolorosa, ansias de un amor insatisfecho, pero elevado a altas esferas, en plenitud, en comprensión y cariño hacia los niños para quienes escribe sus rondas infantiles.

La infancia de Gabriela Mistral no fue una etapa idealizada, sino un periodo de formación intensa, donde el dolor y la belleza coexistieron. De esa experiencia nació una voz única: capaz de hablarle al niño, al desamparado y al ser humano en su esencia más profunda.

Desprovista de educación formal, empezó a hacerse una entusiasta y constante autodidacta, devorando los libros que lograba conseguir.

El empuje, entusiasmo y fuerza la ayudó a trabajar como profesora y directora sin dejar de lado sus escritos que cada día se hacían conocidos alrededor del mundo (Sonetos de la Muerte, Desolación, Ternura, Tala Lagar).

En 1945 recibió el Premio Nobel y en 1951, el Premio Nacional de Literatura.

Murió el 10 de enero de 1957 en Nueva York. Sus restos yacen en el Valle de Elqui -aquel de “Cien montañas”- que ella vio arder “en rojo y azafrán”.

Las invitamos a Leer el Poema Mujer Fuerte, que nos transporta a un retrato vívido y emotivo de una figura femenina de fuerza y determinación:

LA MUJER FUERTE

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,
mujer de saya azul y de tostada frente,
que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía
vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

Alzaba en la taberna, honda la copa impura
el que te apegó un hijo al pecho de azucena,
y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,
caía la simiente de tu mano, serena.

Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,
y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,
agrandados al par de maravilla y llanto.   
Y el lodo de tus pies todavía besara,
porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara
¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!


María Elena Merino Espinoza, Logia Rangiantü N°37 de Chillán.
Imagen Principal: pintura realizada por la artista chillaneja Nibia Quezada Rebolledo.