Verónica Villarroel González: nacida para cantar

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Soprano chilena, Verónica Villarroel González nació el 2 de octubre de 1965 y es considerada una de las artistas más destacadas a nivel internacional. Su vida nos habla de la resiliencia y sororidad en la búsqueda del desarrollo artístico musical. Su hermosa voz la ha llevado a los escenarios más importantes del mundo incluido el del teatro de la Scala de Milán, en la que destacó con su interpretación en “Madama Butterfly”.

La sensibilidad, dedicación y entrega a su labor artística habla de una vida basada en la perseverancia. Durante su infancia no contó con formación lírica y tuvo que dejar sus estudios para trabajar. Su acercamiento a la música se produce cuando una amiga la invitó a ver “Zarzuela”, donde pudo cantar por primera vez. Audicionó para el coro del teatro Cariola y, posteriormente, en el coro municipal de Santiago. En el año 1986 compartió escena con Renata Scotto, su “madrina musical” en la obra “La Bohéme” de Giacomo Puccini.

Estudió canto en la Escuela Juilliard en Nueva York. En 1989 ganó las audiciones para la Ópera Metropolitana de Nueva York y debutó en ese escenario en 1991, en la ópera “La Bohéme”. Desde entonces se ha presentado en importantes escenarios internacionales, como el Royal Opera House de Londres, Teatro de La Scala de Milán, el Teatro Real de Madrid, el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, el Teatro del Capitolio de Toulouse, entre otros.
En su carrera ha recibido múltiples reconocimientos. Entre ellos el Premio Plácido Domingo como la artista más importante de Latinoamérica 2002: “Medal of Women” 2007; Premio Bicentenario del Círculo de Críticos de Arte 2011; 100 mujeres líderes en Chile 2010 y Premio a la Música Nacional Presidente de la República en la categoría de música docta en 2015. Actualmente, se desempeña como directora escénica de la obra “Madama Butterfly” en el Teatro Municipal de Santiago.

Desde una perspectiva masónica, Verónica Villarroel nos enseña que el arte también es un camino iniciático, un proceso de pulir la piedra bruta hasta hacer emerger la esencia. La sororidad ha sido un pilar en su travesía, recordándonos que ninguna mujer avanza sola y que la armonía –simbolizada en la música– se construye colectivamente. Su vida demuestra que la sensibilidad interpretativa puede ser también un acto de rebeldía, que la perseverancia rompe moldes y que la libertad no solo se canta: se encarna. En ella reconocemos a una mujer que, con voz propia, abrió escenarios para otras, y que en su tránsito artístico y humano refleja los valores que como masonas defendemos: la búsqueda incansable de perfección, la unión solidaria entre hermanas y la certeza de que el arte y la vida se transforman mutuamente.

Escrito por Departamento de Género GLFCH.