
Cada 16 de junio se celebra el Día Mundial de las Tortugas Marinas, una fecha que nos invita a mirar con respeto y admiración a unos de los seres vivos más antiguos del planeta. La conmemoración fue instaurada en el 2000 por la organización American Tortoise Rescue. La elección del día no es casual: coincide con el nacimiento del reconocido biólogo Archie Carr, considerado como el padre de la biología de las tortugas marinas, quien dedicó su vida a estudiarlas y protegerlas.
Por eso, esta jornada busca sobre todo generar conciencia sobre el grave peligro de extinción que enfrentan estos reptiles debido a la contaminación de los océanos, la pesca incidental, el tráfico ilegal de huevos y caparazones, y los efectos del cambio climático.
Las tortugas marinas habitan todos los océanos del mundo, excepto las regiones polares. Existen desde hace más de 200 millones de años, sobreviviendo incluso a la extinción de los dinosaurios. Se caracterizan por su longevidad –pueden vivir entre 150 y 200 años– y por realizar migraciones sorprendentes de miles de kilómetros para regresar exactamente a la misma playa donde nacieron a depositar sus huevos. De las siete especies que existen en el mundo, seis se encuentran actualmente en peligro de extinción.
Ante esta realidad, cada persona puede contribuir de manera concreta. Evitar arrojar plásticos o basura al mar es fundamental, ya que las tortugas a menudo confunden las bolsas con medusas y mueren al ingerirlas. También es importante no adquirir objetos hechos de caparazón de tortuga ni mantenerlas como mascotas, pues eso fomenta el tráfico ilegal. Si se visita una playa de anidación, es indispensable no usar linternas ni luces fuertes durante la noche, porque las crías se desorientan y nunca llegan al mar. En cambio, es recomendable participar en jornadas de limpieza de playas, apoyar a organizaciones dedicadas a su rescate y difusión, y compartir información verificada para que más personas se sumen a su protección.
Las tortugas marinas son un símbolo elocuente de valores masónicos. Su libertad para surcar los océanos sin barreras nos recuerda la búsqueda constante de la Verdad y la Luz, un camino que cada masona y masón transita con paciencia y constancia. Su capacidad de orientarse y regresar siempre al mismo lugar nos habla de la importancia de tener un norte firme y de mantener nuestras raíces, así como nuestra fidelidad a los principios. Su lucha por sobrevivir a pesar de las adversidades, muchas de ellas causadas por el ser humano, es una lección de perseverancia silenciosa, de trabajo interior que no se rinde ante las tormentas.
Proteger a las tortugas marinas es un acto de fraternidad universal, pues reconocemos que todos los seres vivos, por pequeños o antiguos que sean, tienen un lugar sagrado en el equilibrio del planeta y merecen nuestro respeto.
Existe incluso una historia masónica documentada que conecta a la Orden con estos quelonios. En Washington Lodge N°3, ubicado en Warren, Rhode Island (Estados Unidos), guardan con especial cariño a un miembro muy particular: una tortuga marina real, ahuecada y preservada en goma laca, a la que adoptaron como mascota oficial de la logia. Le pusieron por nombre Hiram, en honor al legendario arquitecto del Templo de Salomón. La Logia, fundada por capitanes de barco, tiene una profunda conexión con el mar, y su edificio fue construido con maderas recuperadas de un buque de guerra británico. Esta singular adopción nos recuerda que la Masonería encuentra símbolos de hermandad en los lugares más inesperados, y que el respeto por la naturaleza puede integrarse de manera hermosa.
Catalina Restrepo Zapata, Logia Acacia N°2 de Santiago.
Departamento de Sustentabilidad y Medio Ambiente GLFCH.


