Solidaridad: cuando la fraternidad se transforma en acción

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Desde 1994 cada 18 de agosto, en Chile se conmemora el Día de la Solidaridad, fecha que recuerda el fallecimiento del Padre Alberto Hurtado, ocurrido en 1952, y su incansable compromiso con quienes vivían en condiciones de mayor vulnerabilidad.

Más allá de recordar a una figura que hizo de la ayuda al prójimo una vocación, esta fecha nos invita a reflexionar sobre el verdadero significado de la solidaridad y sobre la responsabilidad que cada persona tiene frente a su comunidad.

Desde una mirada masónica, la solidaridad es un valor ético que se transforma en acción. Es parte de una concepción humanista que nos llama a poner nuestros principios al servicio de las personas y de la sociedad, haciendo de la fraternidad un compromiso concreto con el bien común.

Ser solidario es mirar al otro y reconocer en él a un igual; es respetar su dignidad, comprender su realidad y asumir que aquello que afecta a otro también nos interpela.

La verdadera solidaridad nace de la fraternidad y se manifiesta cuando somos capaces de escuchar, acompañar y actuar. Porque nuestros valores adquieren sentido cuando dejan de ser palabras y se convierten en acciones capaces de aportar a una sociedad más justa, inclusiva y humana.

Acciones solidarias para el día a día:

• Escuchar a quien necesita, sin juzgar ni apresurarse a dar consejos.

• Ofrecer nuestro tiempo a una persona que lo necesite: acompañar a un adulto mayor, ayudar a un vecino o apoyar a alguien que está pasando por un momento difícil.

• Compartir conocimientos y habilidades, especialmente cuando pueden ayudar a otra persona a desenvolverse mejor o alcanzar una oportunidad.

• Incluir a quien suele quedar fuera: invitar, integrar, escuchar y hacer espacio para quienes pueden sentirse solos o excluidos.

• Apoyar el trabajo de organizaciones sociales, ya sea mediante tiempo, recursos, conocimientos o difusión.

• Cuidar los espacios que compartimos, porque respetar nuestro entorno también es una forma de pensar en los demás.

La solidaridad no siempre necesita grandes gestos. A veces comienza con escuchar, continúa con acompañar y se transforma en acción cuando decidimos que el bienestar del otro también nos importa.

Logia Ailyn N°18 de Puerto Montt.