Semillas de justicia en tiempos de sombra: El deber masónico de cuidar la democracia

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Cada 11 de septiembre, la memoria de Chile se estremece. Ese día, martes de 1973, no fue solo la caída de un gobierno: fue la fractura de la democracia, el derrumbe de la institucionalidad que debía protegernos a todas y todos, y el inicio de una de las etapas más dolorosas de nuestra historia. Miles de vidas se vieron truncadas, muchas familias quedaron marcadas por la ausencia, otras tantas fueron torturadas y viven hoy con el trauma y el miedo se instaló en la vida cotidiana.

Para nosotras, las masonas, este quiebre no puede entenderse solo como un hecho histórico. Es una advertencia permanente: cuando se quiebran las instituciones republicanas, se quebrantan también los pilares de la convivencia, el respeto mutuo y la justicia social.

La Masonería, en Chile y en el mundo, ha estado siempre en la defensa de la libertad, la igualdad y la fraternidad como fundamentos de la vida democrática. Por eso, cada conmemoración del 11 de septiembre nos convoca a reflexionar sobre nuestra responsabilidad iniciática: trabajar, con paciencia y constancia, en la construcción de un país donde ninguna diferencia política justifique la violencia ni la negación de la dignidad humana.

Ese oscuro día de septiembre, entre las ruinas y el dolor, se escucharon palabras que hoy nos sirven de símbolos. Frente a la traición y la fuerza de las armas, el Presidente de la República, Salvador Allende, declaró: “Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente”. No lo decía solo como presidente, sino como alguien que comprendía que la legalidad y la democracia son compromisos que no se abandonan, aun al precio de la propia vida. Ese gesto refleja la rectitud y la fidelidad a la palabra empeñada: la certeza de que la institucionalidad debe sostenerse incluso en la adversidad, y la convicción de que la semilla de la libertad y la fraternidad permanece viva en las conciencias, más allá de la derrota o la muerte.

Y cuando señaló que “otros hombres superarán este momento gris y amargo”, nos entregó una imagen que trasciende lo personal: la certeza de que la historia no se detiene, de que nuevas generaciones seguirán trabajando por un futuro mejor. Esa es también nuestra tarea como masonas: asumir y confiar en que nuestro trabajo se inserta en una Obra mayor, una Obra que supera a la obrera.

El 11 de septiembre nos recuerda que la democracia es frágil y que debe ser cuidada como se cuida la Luz en nuestros templos. Como lo dijo Gran Maestra de Gran Logia Femenina de Chile, Soledad Torres Castro, en el último Fraternitas de la República: “La justicia no es solo un concepto legal, sino que es una virtud que guía el comportamiento y las relaciones entre las personas, apuntando siempre al bien común”.

Esa justicia, entendida como equilibrio entre deberes y derechos, como respeto a los procesos y como compromiso con la verdad, es lo que se perdió con el quiebre institucional y lo que debemos garantizar que nunca más se pierda.

En ese mismo discurso, la Gran Maestra advirtió: “Es imperativo que trabajemos en aumentar nuestros niveles de tolerancia y disminuir nuestra cantidad de prejuicios para poder sentarnos a conversar”.

Esa frase resuena como un eco del 11 de septiembre: sólo el diálogo y la cooperación pueden evitar que las diferencias legítimas se conviertan en rupturas irreparables.

La Masonería nos enseña que cada ser humano es una obrera u obrero, y que cada acción justa y fraterna es un bloque que sostiene el Templo de la Humanidad. El 11 de septiembre nos recuerda que la destrucción institucional arrasa ese templo común y deja a los pueblos a la intemperie. Por eso, nuestro compromiso es trabajar como obreras de paz, construyendo fraternidad allí donde haya división, justicia allí donde reine la desigualdad, y respeto allí donde abunda la descalificación.

Y como dijo la Gran Maestra en Fraternitas: “Pensar diferente no significa ser enemigos”.

Esa es la esencia de la democracia y también de la Masonería: convivir en diversidad, reconociendo en cada ser humano un igual, sin renunciar nunca al diálogo ni al respeto.

Conmemorar el 11 de septiembre no es quedarnos en el dolor, sino reafirmar el compromiso de que nunca más el odio se imponga sobre la palabra. Para nosotras, las masonas, este día es una invitación a recordar que la democracia no es un hecho dado, sino una construcción diaria, que exige cuidado, justicia y fraternidad.

La lección es clara: a pesar de las legítimas diferencias políticas, jamás deben vulnerarse los valores republicanos ni el respeto a la dignidad humana. Solo en la convivencia fraterna se asegura la justicia con nosotros mismos y con las generaciones venideras. Que la paz, la democracia y la fraternidad sean siempre la obra de nuestras manos.

Escrito por Claudia Hasbún Faila, Corresponsal Logia Egrégora N°38 de Santiago.