La voz femenina de Roser Bru interpretada en arte y memoria

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A comienzos del siglo XX, en Barcelona, España, el 15 de febrero de 1923, nació una destacada pintora, grabadora y dibujante: Roser Bru. Reconocida como una figura fundamental del arte visual en Chile y Latinoamérica, su obra se articula principalmente a través de series que abordan rostros, homenajes, cuerpos, meditaciones y la Guerra Civil Española.

A ello se suma un eje central de su producción: la obra gráfica y los grabados desarrollados en el Taller 99. Trabajos marcados por el exilio, la memoria histórica y una profunda reflexión sobre la condición humana, que le valieron el Premio Nacional de Artes Plásticas de Chile en 2015.

Roser Bru nació en el seno de una familia republicana en España. A los 16 años debió emigrar de su país natal a causa de la Guerra Civil Española. Llegó a Chile a bordo del Winnipeg, el barco que trasladó a cientos de refugiados españoles gracias a las gestiones del poeta Pablo Neruda. Este desplazamiento forzado marcaría de manera decisiva su vida y su producción artística.

Ya radicada en Chile, ingresó a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Más tarde se especializó en grabado en el Taller 99, espacio fundamental para el desarrollo de esta disciplina en el país. Desde entonces, su trayectoria abarcó pintura, dibujo y grabado, con exposiciones en Chile, América y Europa. Además de su trabajo creativo, fue docente en la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde formó a generaciones de artistas, reforzando una concepción del arte vinculada a la responsabilidad histórica y social.

Roser Bru y la Masonería
La obra de Roser Bru es, en sí misma, un ejercicio de introspección permanente. No buscó el aplauso inmediato; por el contrario, interrogó el sentido, la historia y la responsabilidad individual. Al igual que en Masonería, su trabajo es lento, reflexivo y acumulativo. En síntesis, Bru trabajó sin alarde, con rigor y silencio.

Asimismo, entendió la memoria como un deber moral. Su insistencia en los rostros, en los cuerpos marcados por la historia, en la violencia política y el exilio, conecta con la idea masónica de que no hay progreso posible sin conciencia histórica.

La Masonería Femenina no replica modelos masculinos: propone una construcción consciente del rol de la mujer desde la reflexión, el conocimiento y la ética. En este contexto, las figuras femeninas de Roser Bru no seducen, no posan, no complacen. Observan, recuerdan, sostienen.

Para Roser Bru, el dolor no tiene pasaporte. Su rostro es siempre universal, la memoria no es local, es humana. Esta mirada se explica también por su propia biografía, marcada por el exilio y el tránsito entre culturas, idiomas y territorios. Sus obras trascienden fronteras nacionales y su arte encarna el principio masónico de fraternidad, entendido como el reconocimiento del otro.

La Masonería trabaja desde el símbolo, no desde la literalidad; desde el silencio, no desde el ruido. Roser Bru construye su obra del mismo modo: no explica, sugiere, y deja espacios abiertos a la interpretación. El vacío en sus obras funciona como silencio ritual, un espacio para pensar, no para consumir.

Roser Bru no fue masona, pero trabajó como quien cree que la conciencia se construye, que la memoria es un deber y que el silencio también puede ser una forma de verdad.

A más de un siglo de su nacimiento, la obra de Roser Bru mantiene plena vigencia. En un contexto donde el olvido y la velocidad de la imagen dominan el espacio público, su trabajo continúa interpelando desde la memoria, el silencio y la reflexión crítica, lo que la confirma como artista imprescindible para comprender la relación entre arte, historia y conciencia ética.

Escrito por Marie-Astrid Stock De La Cerda, Corresponsal de la Logia Cantera del Maipo N°43 de Buin.