
Hablar de la Fundación MEMCH no es simplemente mirar hacia el pasado. Es observar cómo una idea -la emancipación de la mujer- sigue operando hoy con una fuerza ética, social y cultural en Chile. Cada 11 de mayo no se conmemora solo una fecha: se reactiva una memoria. El legado del histórico Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres en Chile no habita en vitrinas; se manifiesta como actor vigente.
A finales del siglo XX, entre las décadas 80 y 90, la Fundación MEMCH surge como heredera de ese movimiento original. En plena transición democrática. Chile no sólo recuperaba instituciones, también recuperaba memorias. En ese contexto, la Fundación rescata la historia feminista, impulsa la educación de género, reactiva la defensa de los derechos de las mujeres y comienza a incidir en debates públicos y avances legales. No desde una lógica partidista, sino como una fuerza ética e intelectual. En esencia, es la continuidad organizada de una idea que nunca desapareció.
En materias concretas, su incidencia ha sido significativa. En derechos sexuales y reproductivos, ha contribuido a instalar temas como la educación sexual integral, acceso a los anticonceptivos y en el debate que derivó en la ley del aborto en tres causales en Chile (2017). En el ámbito de la violencia de género, ha promovido marcos de protección y ha participado activamente en discusiones sobre violencia intrafamiliar y femicidio. Asimismo, en el plano de la equidad social, ha sostenido demandas por igualdad salarial, reconocimiento del trabajo doméstico y mayor participación política femenina. La fundación no observa: interviene, tensiona y acompaña los procesos sociales.
En cuanto a su conducción, la Fundación ha contado con mujeres dirigentes históricas y contemporáneas. Entre sus figuras visibles destaca Paulina Weber Ubilla, quien estuvo profundamente vinculada al trabajo territorial, la educación en derechos y la continuidad del legado MEMCH en Chile reciente. Su fallecimiento el 13 de enero de 2020 marcó una etapa, pero no de su influencia, que continúa proyectando el espíritu de la organización.
En esa línea de continuidad, emergen figuras emblemáticas que trazan el puente entre el pasado y el presente: Elena Caffarena, Olga Poblete, Marta Vergara. Mujeres que no solo lucharon por derechos en los años 30, sino que instalaron una ética de igualdad que sigue irradiando hasta hoy.
La Fundación, en este sentido, transciende la etiqueta de “organización feminista”. Es comunidad, memoria, educación y conciencia social. Su trabajo se expresa en talleres, formación ciudadana, rescate histórico y redes de apoyo. Es un feminismo encarnado en lo cotidiano, lejos del eslogan y cercano a la experiencia real de las mujeres.
El origen que desafía el orden establecido
Para comprender su profundidad, es necesario volver al origen. Tomemos entonces un DeLorean simbólico y viajemos a la década de 1930.
Chile era un país estructurado bajo un orden marcadamente masculino: las mujeres no votaban en elecciones presidenciales, sus derechos civiles eran limitados y la desigualdad laboral y social era la norma. En ese escenario emerge el Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile, un movimiento radical para su época, qué hablaba -sin ambigüedades- de igualdad jurídica, autonomía económica y derechos reproductivos.
Sus fundadoras -Elena Cafarrena, Marta Vergara, Olga Poblete y Graciela Mandujano- no provenían únicamente de la élite intelectual. El MEMCH fue, desde su origen, un espacio multiclase: integró obreras, dueñas de casas y profesionales. Esa trasversalidad le otorgó una potencia social inédita.
Sus luchas abarcan derechos políticos, laborales, sociales y reproductivos. Funcionaba a través de comités a lo largo de todo Chile, los que organizaban congresos nacionales, publicaban en prensa, panfletos y movilizaban mujeres en el espacio público. Fue, en rigor, una de las primeras redes feministas organizadas en el país.
Hacia fines de los años 40, su impacto era innegable: instaló el debate del voto femenino, visibilizó a las mujeres como actor político y ejerció presión para reformas legales, que abriría paso al sufragio femenino en 1949. Sin el MEMCH, la historia política de las mujeres en Chile sería, sencillamente, otra.
Sin embargo, hacia 1953 el movimiento comienza a decaer. El contexto internacional de la época, marcado por tensiones globales y profundos cambios políticos, impactó también en las organizaciones sociales. A ello se sumaron diferencias internas y una reconfiguración del escenario nacional, que fue desplazando y fragmentando las formas de organización colectiva de esos años.
Pero el espíritu no desapareció. Permaneció en las ideas, en los textos, en las redes invisibles que sostienen las transformaciones profundas. Y desde ahí, décadas más tarde, renace como Fundación.
Porque si algo evidencia la historia, es que el MEMCH no solo buscaba derechos; buscaba transformar la estructura de poder.
Hoy, la brecha entre hombres y mujeres persiste, en lo salarial, en la distribución del cuidado, en los espacios de poder, pero también es innegable que ha habido avances. Y muchos de ellos encuentran su raíz en estas luchas tempranas, persistentes y, muchas veces, incómodas.
La Fundación MEMCH no es nostalgia. Es memoria viva y activa. Es la prueba de que las ideas -cuando son justas- no mueren, se transforman. Y como toda obra iniciática, su verdadero propósito no es sólo cambiar leyes, sino formar conciencia.
Porque cada 11 de mayo no es solo una fecha: es memoria activa de una lucha persistente que, aunque silenciosa, sigue resonando.
Marie-Astrid Stock De La Cerda, Corresponsal Logia Cantera del Maipo N°43 de Buin.
Foto Memoria Chilena: https://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-75750.html


