
La enorme carga de realizar las infinitas tareas del hogar suele caer desproporcionadamente sobre los hombros de las mujeres. Para reconocer su importancia, se instauró el 22 de julio como el Día Internacional del Trabajo Doméstico no Remunerado.
Fue durante el Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, realizado en 1983, que se resolvió buscar y el reconocimiento económico, la reducción y la redistribución equitativa de estas labores tanto al interior de las familias como en las agendas públicas del Estado. Con esta efeméride como punto de partida, la propuesta es desmantelar la falsa división entre el espacio productivo (generador de capital) y el espacio reproductivo (sostenedor de la vida), entendiendo que la gestión del hogar es el motor oculto que subsidia la economía global.
La asimetría en el uso del tiempo y la pobreza estructural
Al examinar la dinámica interna de las comunidades, se evidencia un sesgo estructural en la distribución de las cargas de trabajo. Diversos sistemas de medición demuestran que las mujeres dedican, en promedio, más del doble del tiempo que los hombres a las tareas de mantenimiento y al cuidado de dependientes. Esta disparidad no responde a inclinaciones biológicas, sino a una rigidez en la asignación cultural de roles. El efecto colateral inmediato es la configuración de la denominada «pobreza de tiempo». Al absorber la jornada reproductiva de manera casi exclusiva, las mujeres ven limitadas sus oportunidades para insertarse competitivamente en el mercado formal, restringiendo su autonomía financiera y su acceso a una seguridad social digna de largo plazo.
La paradoja del valor y la sostenibilidad económica
Desde la economía feminista y la sociología del trabajo, la mayor contradicción radica en la invisibilidad de estas prácticas dentro del flujo macroeconómico tradicional. La limpieza, la alimentación y la asistencia médica informal comunitaria no se consideran variables activas de intercambio comercial, aun cuando los cálculos actuales sugieren que equivalen a un porcentaje sustancial del Producto Interno Bruto (PIB) nacional. Existe una transferencia de valor no reconocida desde el espacio doméstico hacia el sector público y privado: las organizaciones y empresas reciben diariamente una fuerza de trabajo alimentada, descansada y emocionalmente contenida, cuyo costo de reposición ha sido asumido a costo cero por el entorno del hogar.
Dignificar las consignas en torno al 22 de julio implica transitar del reconocimiento discursivo a la acción estructural. La sostenibilidad de las sociedades actuales depende de la transición hacia sistemas integrales de cuidado públicos, comunitarios y corresponsables. Romper el silencio en torno a estas labores exige reformular las políticas fiscales, laborales y educativas. Solo mediante la redistribución equitativa y la valorización técnica de la economía del cuidado se podrá construir un modelo social donde el bienestar humano no se sostenga sobre la explotación invisible de la mitad de la población.
Jacqueline Hill, Corresponsal Logia Ayün 4 de Santiago.


