Día Mundial del Árbol: la responsabilidad que nos toca hoy

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Detenernos y observar conscientemente la vida que nos rodea. Es la invitación que nos hace el Departamento de Sustentabilidad y Medio Ambiente de la GLFCH en el Día Mundial del Árbol que se conmemora cada 28 de junio.

Un árbol no es solo parte del paisaje. Es un ser vivo que crece en silencio, se adapta, resiste y se entrega sin pedir nada a cambio. Nos brinda sombra, aire limpio, refugio y equilibrio, recordándonos, de forma simple y profunda, los valores que buscamos cultivar en la vida masónica.

Existe en él un simbolismo elocuente. Sus raíces, invisibles pero firmes, nos hablan de la importancia de sostener principios sólidos. El tronco, recto y constante, refleja la integridad con la que procuramos conducir nuestros actos. Y sus ramas, abiertas hacia el cielo, representan la aspiración permanente de crecer, aprender y elevarnos.

Pero más allá del símbolo, el árbol también nos interpela desde una realidad urgente. La naturaleza requiere hoy de nuestra atención y compromiso. La crisis ambiental ya no es lejana, sino concreta, afectando nuestra calidad de vida y la de quienes vendrán. En este contexto, cuidar un árbol —plantarlo, protegerlo, respetarlo— se convierte en un acto consciente y necesario.

Desde nuestra mirada masónica, este cuidado no es ajeno a nuestra práctica. Así como trabajamos en la construcción de nuestro templo interior, también somos responsables del entorno que habitamos. No puede haber verdadera armonía interna sin respeto por el mundo que nos contiene.

El Árbol nos enseña también sobre el tiempo. Su crecimiento es lento, paciente y constante. En ello se asemeja a nuestro propio camino, que no busca resultados inmediatos, sino transformaciones profundas y duraderas. Plantar un árbol es, en este sentido, un acto de fe: confiar en el futuro, incluso en aquello que quizás no veremos, pero sabemos necesario.

En este Día del Árbol, la invitación no es solo a reflexionar, sino también a actuar, aunque sea en gestos simples: cuidar un espacio verde, educar con el ejemplo, ser más conscientes en nuestras decisiones cotidianas. Porque la construcción de un mundo más equilibrado no depende de grandes acciones aisladas, sino de pequeñas acciones sostenidas en el tiempo.

Así como un bosque es la suma de muchos árboles, un cambio real se construye desde cada una de nosotras, con conciencia, coherencia y un compromiso silencioso que, como el árbol, crece desde lo profundo y se proyecta hacia lo alto.

Carla Fucito Calderón, Logia Hipatia N°31 de Santiago.