El 30 de marzo se conmemora el Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, una fecha que busca visibilizar, reconocer y dignificar un trabajo históricamente invisibilizado, pero esencial para el sostenimiento de la vida y de la economía.
Esta conmemoración se origina en 1988, durante el primer encuentro latinoamericano y del Caribe de trabajadoras del hogar realizado en Bogotá, donde se levantó una demanda fundamental: que el trabajo doméstico y de cuidados sea reconocido como trabajo con derechos, y no como una “ayuda” basada en el afecto o la obligación moral.
A nivel global, más del 75% de las trabajadoras del hogar son mujeres, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En Chile, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), este sector está compuesto en más de un 95% por mujeres, y una proporción significativa corresponde a mujeres migrantes, muchas de ellas en condiciones de informalidad o precariedad laboral.
Las trabajadoras del hogar constituyen una fuerza laboral clave que permite el funcionamiento del resto de la economía. Sin el trabajo de cuidado, limpieza y organización del hogar, la participación de otras personas en el mercado laboral simplemente no sería posible. Sin embargo, este rol continúa siendo subvalorado y precarizado.
Entre los principales desafíos que enfrenta este sector, destacan:
1- La dificultad en la fiscalización de las condiciones laborales, al desarrollarse en espacios privados, donde el cumplimiento de jornadas, contratos y cotizaciones depende, muchas veces, de la voluntad del empleador.
2- La alta presencia de mujeres migrantes, quienes, debido al desconocimiento de la normativa o a su situación administrativa, pueden verse expuestas a condiciones de mayor vulnerabilidad.
3- La persistencia de una cultura que considera el trabajo doméstico como una extensión “natural” del rol femenino, y no como una labor especializada que requiere reconocimiento y protección.
4- El aislamiento, especialmente en la modalidad “puertas adentro”, con impactos relevantes en la salud mental y en el acceso a redes de apoyo y protección frente a abusos o acoso.
Reflexionar sobre esta fecha implica también reconocer que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado ha recaído históricamente sobre las mujeres. Muchas de ellas han debido abandonar su desarrollo laboral para asumir responsabilidades de cuidado, sin reconocimiento económico ni social, evidenciando una deuda estructural en la distribución del trabajo y en la valoración del cuidado, tanto en su dimensión remunerada como no remunerada.
También en la Masonería Femenina, un número importante de integrantes asume roles de cuidado que limitan su participación plena en la vida logial. Reconocer esta realidad es un paso necesario para construir espacios más inclusivos, donde el cuidado sea comprendido como una responsabilidad social compartida y no como una carga individual.
Departamento de Género GLFCH.


