Anamaría Tijoux Merino: la palabra como memoria y resistencia

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Este 12 de junio, Anamaría Tijoux Merino cumple 49 años. Nació en Lille, Francia, hija de madre y padre chilenos exiliados durante la dictadura militar, por lo que su historia personal quedó marcada desde el inicio por la memoria, el desarraigo y la búsqueda de identidad. Creció entre Francia y Chile, una infancia atravesada por el exilio y una herencia familiar profundamente vinculada a la historia reciente de nuestro país. Esa experiencia bicultural se transformó, con el tiempo, en una de las fuentes más importantes de su obra artística.

Desde joven se acercó al hip hop, primero desde el baile y luego desde la palabra. En los años noventa integró Makiza, agrupación fundamental para el desarrollo del rap chileno, junto a Seo2, Cenzi y DJ Squat. Allí se convirtió en una de las primeras voces femeninas relevantes del hip hop nacional, abriendo camino en una escena en la que las mujeres solían tener menos espacio y visibilidad. Su presencia no fue secundaria: fue una afirmación artística, política y generacional.

Luego, inició una destacada carrera solista. En 2007 publicó Kaos y en 2009 alcanzó proyección internacional con 1977, disco autobiográfico cuyo título recuerda el año de su nacimiento. Más tarde vendrían La Bala, Vengo y Vida, trabajos en los que mezcló rap, sonidos latinoamericanos, crítica social, memoria familiar y una mirada profundamente humana sobre la desigualdad, la migración, la dignidad y la resistencia. Canciones como «1977», «Shock», «Sacar la voz», «Vengo», «Somos sur» y «Antipatriarca» dan cuenta de una obra coherente, sensible y valiente.

Su feminismo aparece con fuerza, pero sin artificios. En «Antipatriarca», por ejemplo, no solo denuncia una estructura de dominación, sino que afirma la autonomía del cuerpo, de la voz y de la propia vida. Anita Tijoux no canta para ser aceptada: canta para decir aquello que muchas veces se intenta silenciar. Su música incomoda, pero también acompaña; denuncia, pero también abre caminos. En ella, la rabia no se vuelve ruido, sino claridad.

Desde nuestro Taller, reconocemos en ella a una obrera de la palabra que ejerce su libertad como principio fundador: elige nombrar para no olvidar, elige cantar para no callar. Trabaja la memoria como materia viva, transforma la herida del exilio en ritmo y levanta, desde la música, una arquitectura de dignidad. Su voz tiene precisión de herramienta justa: golpea donde debe golpear y abre espacio donde antes solo había silencio. En cada verso encarna la igualdad, porque ninguna verdad le pertenece en exclusiva y ninguna lucha le es ajena. Por eso, al celebrar su vida, celebramos los valores masónicos hechos carne en una mujer: la búsqueda de la luz, el trabajo sobre sí misma, el compromiso con la humanidad y la certeza de que la mujer que alza su canto nos abre a todas el camino. Gracias, Ana Tijoux, por recordarnos que la palabra puede ser refugio, denuncia y construcción; y que cantar, cuando nace desde la verdad, también puede ser una forma luminosa de abrir futuro.

Marcela Díaz, Logia Pelomtuwe N°34 de Castro.
Departamento de Género GLFCH.