
Mónica Echeverría es recordada como un símbolo de rebeldía, memoria y feminismo: una mujer que hizo de la cultura y la palabra herramientas de resistencia, integrando el arte en sus diversas vertientes como medio de expresión para la libertad y justicia.
Integró el movimiento Mujeres por la Vida (mujeres que luchaban por la democracia), y se convirtió en una voz clave en la defensa de los derechos humanos y la igualdad de género. Publicó en 2016 su autobiografía titulada “¡Háganme Callar!”, y pidió que en su funeral los asistentes llevaran un parche rojo en el ojo -aludiendo así a quienes perdieron los suyos durante el estallido social- y en el pecho el mensaje “Mujeres por la Vida”.
Nacida el 2 de septiembre de 1920, en Santiago de Chile, fue una profesora, actriz y escritora, recordada por cuestionar durante gran parte de su vida, las injusticias hacia las mujeres y los privilegios de clase. De frente ante la búsqueda de igualdad hacia las minorías oprimidas en Chile, impulsó acciones destinadas a que el conocimiento y la cultura fueran espacios en los cuales las mujeres fueran realmente integradas y logró transmitir, de diversas maneras, su afán de restauración de la democracia, desde una perspectiva de género.
Mónica Echeverría fue pionera en formación en el teatro de la Universidad Católica y teatro independiente; en 1955, cofundadora del Teatro Ictus: fue responsable de la creación de obras infantiles, tales como «Quiquirico», «El círculo Encantado», «Chumingo» y el «Pirata de Lata».
Tras el golpe de Estado de 1973, fue detenida y torturada. Debió partir al exilio junto a su esposo, Fernando Castillo Velasco. Regresó a Chile en 1978 y fue parte de la dirección del Centro Cultural Estación Mapocho. Es recordada, también, por ser creadora de intervenciones artísticas disruptivas tales como la “Operación Chancho”.
Desde una mirada masónica queremos relevar, de este modo, su misión por la lucha de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Escrito por Catalina Madariaga Vargas, Departamento de Género GLFCH.


