La última frontera de un planeta en vigilia

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El Día Mundial de la Tierra no nació de una celebración, sino de un grito de auxilio que hoy cumple más de medio siglo de resonancia. Fue el 22 de abril de 1970 (y no en junio, como a veces la memoria colectiva confunde con el solsticio) cuando el senador estadounidense Gaylord Nelson movilizó a 20 millones de personas para exigir la creación de una agenda ambiental.

En aquel entonces, la preocupación se centraba en el aire denso de las chimeneas industriales y la fragilidad de los ecosistemas locales; hoy, esa efeméride se ha transformado en el recordatorio global de que habitamos un sistema cerrado, cuya resiliencia está siendo puesta a prueba por una triple crisis antropogénica sin precedentes en la historia de nuestra especie.

A pesar de los tratados internacionales, las cumbres climáticas, las de biodiversidad, las de humedales y los convenios para el microplástico -que parecen estancarse en la burocracia-, la necesidad de seguir adelante con la transición ecológica es más que un imperativo moral: es una cuestión de supervivencia termodinámica. La inercia no es una opción cuando los indicadores de temperatura global y pérdida de biodiversidad marcan récords anuales. Seguir adelante implica desaprender la economía de la extracción para abrazar la de la regeneración, entendiendo que cada acción representa la salvaguarda de comunidades humanas y más que humanas, la seguridad alimentaria de las próximas generaciones y la preservación de las contribuciones de la naturaleza al bienestar del humano.

Esta urgencia de reconexión con nuestra Tierra —Gaia, Pachamama—, adquiere una dimensión casi poética cuando miramos hacia el cosmos. Recientemente, el éxito de misiones espaciales que han explorado la cara oculta de la Luna nos ha devuelto una perspectiva única: el «Efecto Perspectiva» (Overview Effect). Mientras enviamos sondas a la oscuridad total del lado lunar para desentrañar los secretos del sistema solar, nos damos cuenta de que, en comparación con ese vacío gélido y estéril, la Tierra es un milagro de interdependencia biológica. La paradoja es fascinante: viajamos a lo desconocido, a lo más oscuro y remoto de nuestro satélite, solo para confirmar que no hay «Planeta B». La verdadera frontera no está en el espacio exterior, sino en la capacidad de reconciliarnos con el agua que somos, el aire que respiramos, las lombrices que nos alimentan, entendiendo que somos una extensión de la biósfera y no sus dueños… ¡Somos Tierra!

Rafaela Retamal Díaz, Logia Luz del Desierto N°51 de Copiapó.