La felicidad de Chile comienza por los niños

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Cada 20 de noviembre el calendario nos invita a mirar hacia lo esencial: la infancia. Este día se celebra el Día Mundial de la Infancia y se conmemoran dos hitos universales en la historia de los derechos humanos: la Declaración de los Derechos del Niño y la Convención sobre los Derechos del Niño y Niña. Ambos documentos nos recuerdan que cuidar y proteger a la niñez no es solo una obligación del Estado, sino una responsabilidad ética de toda sociedad.

En 1954, las Naciones Unidas consagra la fecha a la fraternidad y la comprensión entre los niños y niñas del mundo. Muchos años después, este propósito sigue vigente. Cada niño y cada niña debería crecer en un entorno donde el respeto, la seguridad y el afecto sean la base de su desarrollo. Sin embargo, la realidad aún nos exige compromiso y acción.

Hoy en Chile viven cerca de 4,5 millones de niños, niñas y adolescentes. Ellos representan una cuarta parte de la población y, al mismo tiempo, el reflejo más nítido de nuestro país. Detrás de esa cifra hay historias diversas: algunos viven rodeados de oportunidades y amor, mientras otros crecen en contextos de desigualdad, violencia o abandono. Al menos 1 de cada 5 menores enfrenta pobreza multidimensional; cientos crecen en hogares o residencias por falta de redes familiares, y muchos declaran sentir miedo al caminar solos cerca de sus escuelas o barrios.

Estas cifras no son frías estadísticas: son rostros, sueños y voces que esperan ser escuchadas. Cada vulneración que sufre un niño nos revela, con crudeza, la fragilidad del tejido social que los adultos deberíamos cuidar. La infancia necesita políticas públicas, sí, pero también necesita adultos conscientes, comprometidos y empáticos. Cada palabra, cada gesto y cada decisión que tomamos incide en la manera en que ellos aprenden a entender el mundo.

Nuestro país está viviendo, además, un cambio demográfico profundo. Menos niños están naciendo, pero más requieren protección. Esta paradoja muestra que cuidar la infancia no se trata sólo de acoger a quienes llegan, sino de garantizar a todos una vida digna, segura y llena de sentido. Los índices de natalidad o crecimiento económico poco significan si no ofrecemos amor, contención y esperanza a quienes están formando su identidad.

La felicidad de Chile no se mide en cifras ni en mercados, sino en la mirada de sus niños. Se ve en las escuelas donde aprenden sin miedo, en los parques donde juegan sin peligro, en los hogares donde se sienten amados. La responsabilidad por esa felicidad no corresponde solo a las instituciones: nos compromete a todos. Madres, padres, docentes, vecinos y autoridades compartimos la tarea de construir un país donde la infancia no sea sinónimo de vulnerabilidad, sino de promesa.

Y al pensar en el futuro, surge una pregunta ineludible: ¿qué mundo heredaremos a los niños y niñas de hoy?, ¿Será acaso un mundo indiferente y dividido?, o ¿uno solidario, respetuoso y lleno de esperanza? Las respuestas no dependen solo de grandes reformas, sino de la conciencia cotidiana de quienes guiamos, educamos y acompañamos.

El Día Mundial de la Infancia no debería ser una fecha más del calendario, sino una oportunidad para mirarnos como sociedad. Porque cuando un niño sonríe con libertad y confianza, también sonríe el país entero. Y solo entonces podremos decir, con verdad y esperanza, que la felicidad de Chile comienza —y perdura— en la infancia.

Escrito por Jimena Parra Oyarce, Corresponsal Logia Kintün Antü N°27 de Temuco.