La Desconocida Huella de Gabriela Mistral en las Aulas de Magallanes

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Su paso por Punta Arenas entre 1918 y 1920:

Por Graciela Harris

Profesora de oficio, estuvo al mando del peor liceo fiscal de niñas de la época. Se abrió paso entre los poderosos y se sirvió de ellos para crear una biblioteca popular, crear una revista, escolarizar en espacios de la Masonería a las mujeres y obreros. Opinó sobre la ley de educación, del voto femenino. Se codeó con el pueblo, los sindicatos y con la alta burguesía. Fue propulsora de las vacaciones invernales y del uniforme. Escribió  allí “Desolación”, lo que le valió el Nobel de Literatura y pese a todo ello, su gran obra pasó al olvido.

Hablar de Gabriela Mistral es hablar de una poetisa, escritora, diplomática y pedagoga que vivió en el Chile del siglo pasado, pero ante todo es hablar de una mujer compleja, con matices y contrastes, una adelantada librepensadora y educadora sin parangón, cuya labor dejó huellas imborrables en el sur austral.

Nacida como Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, el 7 de abril de 1889, fue la primera mujer iberoamericana en recibir el premio Nobel de Literatura en 1945. La distinción recayó en una chilena nacida en una familia muy humilde de Vicuña, con un padre ausente y una madre costurera, que aprendió sus primeras letras de la mano de su hermana Emelina Molina, instrucción temprana que la prepararía, no sólo para forjarse como una literata de alto vuelo, sino también como educadora en un Chile muy desigual de hace un siglo atrás.

La obra de Mistral no es fecunda pero sí trascendente. Sus textos más conocidos son “Desolación” (1922), “Ternura” (1924), “Tala” (1938) y “Lagar” (1954). También destacan “Lecturas para mujeres”, “Nubes blancas”, “Poema de Chile” y “Motivos de San Francisco”. Un sinnúmero de artículos publicados en periódicos chilenos opinando sobre la contingencia del siglo anterior la retratan como una mujer con opinión y de acción que no se amilana frente a los grupos de poder.

Una de las fases más desconocidas de Mistral es su rol de directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas, lugar en el que residió desde febrero de 1918 a 1920 y cuya huella sigue vigente aunque no ha alcanzado ni mayor difusión ni reconocimiento. Quizás ello sea una constante en su vida y en su muerte.

Antes y después de su residencia en Punta Arenas, Gabriela era profesora de vocación y necesidad y sólo en 1923 consiguió el título cuando el Consejo de Instrucción Primaria a propuesta del Rector de la Universidad de Chile, Gregorio Amunátegui, le concede el título de profesora de castellano. Antes de esto, a Mistral se le persigue, el mundo académico no le perdona que sea una aparecida en las salas de clases que sin instrucción pedagógica imparta clases en diversos establecimientos de Chile: “No, no tengo el título es cierto; mi pobreza no me permitió adquirirlo y este delito, que no es mío sino de la vida, me ha valido el que se me niegue, por algunos, la sal y el agua”.

Chile fue un país que la desmereció toda la vida. No es solo anecdótico que después de seis años de haber recibido el Nobel de Literatura, recién se le haya destacado con el Premio Nacional de Literatura en 1951. Ella, cansada de tantas humillaciones y olvidos, decidió no venir a buscarlo ya que “su vida en Chile fue mascar piedras con encías de mujer”.

NO A LA IMAGEN DE LA MADRE DE CHILE

El profesor de historia de la Universidad de Magallanes y autor de “Gabriela Austral”, Dusan Martinovic rastreó los años en que la Nobel fue directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas, un hecho que para muchos es desconocido y retrata en una investigación acuciosa otras aristas de esta chilena adelantada para su época y en una de las primeras feministas y luchadoras por la educación y la igualdad social del país que tanto la maltrató.

La poetisa se desempeñó en distintos escenarios del suelo patrio: Antofagasta, La Serena, Los Andes, Temuco y Santiago entre otros, pero más allá de las luchas que debía enfrentar ante sus detractores, Lucila Godoy decidió cumplir su sueño de educar en un Punta Arenas bastante cosmopolita, debido a la infinidad de oportunidades comerciales que ofrecía el tráfico por el Estrecho de Magallanes y que hacían de esa ciudad un escenario novedoso para su anhelo en los inicios de 1918.

Mistral recibió el cargo de directora gracias a la ayuda de su amigo de la infancia, el ministro de Justicia e Instrucción Pública Pedro Aguirre Cerda,  cuyo hermano Luis lleva 10 años en Punta Arenas y se desempeñaba como docente del emblemático Liceo de Hombres. Por él conoció la realidad del Liceo de Niñas que funcionaba en las peores condiciones, tanto administrativas como académicas. De los 44 liceos fiscales y según una encuesta de calidad de educación de la época, el establecimiento ocupaba el último lugar. Sin lugar a dudas, a la joven Gabriela le esperaba una dura empresa.

Antes del nombramiento, en febrero de 1918 otorgado por Pedro Aguirre Cerda, Mistral se había desempeñado como secretaria,  a los 15 años; luego sería inspectora y profesora, pero era imperiosa su necesidad de obtener una mejor remuneración y de poder concretar su sueño de educar para la igualdad.

Aguirre recordaba en 1938: “Deseoso de fortalecer el sentimiento nacionalista en esa zona en que tanta influencia ejercen las diferentes colonias extranjeras, me pareció adecuado fomentar la chilenidad con la presencia de una maestra, que por sus condiciones excepcionales, juzgaba debía ejercer una benéfica influencia en pro del prestigio de Chile, en el ambiente extranjero de Magallanes”.

“Para esta época no hay ninguna directora de colegio de 28 años que tenga la idea de nombrar como inspectora a una escultora de 17 años como lo fue Laura Rodrig. Con una mirada en retrospectiva, Mistral tomó medidas atípicas, aunque tampoco hay que idealizarla pues era una profesora de principios del siglo pasado, que con regla en mano impartía docencia en el peor liceo fiscal y en el confín del mundo”, dice Martinovic quien recrimina la eterna imagen que se le ha construido.

“Existe el pecado de idealizarla como la “gran mamá de Chile”, pero ella era una profesora de esa época. Poseía un espíritu rebelde, de constante lucha y cambio y ello ha quedado detrás de esa intención constante de levantarla en un rol maternal. Tampoco ayuda la instalación de una iconografía con una Gabriela mirando al piso, cabizbaja, demacrada, avejentada, asexuada y lacónica”, reflexiona.

DESARROLLO DE UNA CONCIENCIA SOCIAL

Mistral llegó a las frías tierras de Magallanes en mayo de 1918 junto a siete profesoras y con la idea de hacer borrón y cuenta nueva. Con ello en mente, despidió a toda la planta docente, una medida poco popular, pero que más allá de ser resentida fue aceptada dado el respaldo de que gozaba la poetisa.

La dura vida de Mistral, quien desde pequeña probó los sinsabores de la pobreza, formó en ella un carácter fuerte pero de una profunda sensibilidad social hacia los carenciados, por ello una de sus iniciativas fue tratar de aminorar las diferencias sociales percibidas en el liceo, el cual para su ingreso poseía una matrícula de 90 muchachas.

“Ella estaba llena de ideas e implementó el uniforme para disminuir las diferencias sociales. Muchas jovencitas de la época no asistían a la escuela pues no tenían ropa y Mistral, en ese entendimiento, creó un uniforme baratísimo que consistía en una especie de jardinero muy común para la época confeccionado con paño azul. Todas, de capitán a paje, usaron el uniforme que Gabriela impuso. Para el 20 ya eran más de 300 las niñas que llevaban  esa vestimenta azul, pues la matrícula creció abrumadoramente”, dice el autor magallánico.

Otra de las transformaciones fue la petición ante el gobierno de decretar un receso invernal en julio, ya que las inclemencias del tiempo impedían que las alumnas llegaran hasta las salas de clases. Casi el 100 por ciento del alumnado no asistía y según estudios de salud de la época la escrófula, afección pulmonar muy común de la época, más el barro, la nieve y el frío con temperaturas bajo cero, eran escollos que acrecentaban la deserción escolar. Para ella “la letra con frío no entraba”.

Entonces solicitó que las clases se extendieran hasta noviembre o diciembre y que se parara en el invierno. Esa decisión enfrentó nuevamente a Mistral con las autoridades, pues las muchachas trabajaban en verano en las faenas de la esquila. Sus manos delicadas les permitían separar los vellones y realizar otros trabajos “menores”, obviamente mal remunerados, pero que representaban un ingreso, a veces único, en los humildes hogares de Magallanes.

En la edición N° 3 de la revista Mireya señalaba: “(…) El tráfico de los escolares en las calles menos centrales es penoso, y es casi imposible en los suburbios. Es cosa de que cualquier transeúnte pueda observar. (…) Hemos podido observar: el pueblo, las madres pobres, son absolutamente partidarias de las vacaciones de invierno, a pesar de que según se arguye, el trabajo de sus niños en vacaciones las beneficia. Esta opinión humilde debe ser tomada en cuenta”.

La poetisa no tenía espacio para el ocio. Repartía su vida entre la dirección del Liceo de Niñas, la creación de una biblioteca que prestaba libros a la comunidad los fines de semana y que armaría gracias a donaciones de las familias burguesas de la zona, como los Braun Menéndez. También administraba y dictaba clases en una escuela nocturna para mujeres obreras analfabetas en las instalaciones de la Sociedad de Instrucción Popular, espacio otorgado por masones.

Uno de sus principales biógrafos, Pedro Pablo Zegers, escribiría: “Es en Punta Arenas donde Gabriela realiza una labor no sólo educativa, sino que además social en la comunidad. Famosas son sus visitas a la cárcel y la formación de bibliotecas para los presos y su participación en los ateneos obreros”.

LUCHADORA FEMINISTA

Junto a todo lo anterior, Mistral crea la revista Mireya, coincidentemente ese también es el nombre de la hija del escritor Miguel Magallanes Moure, con quien tendría una larga relación epistolar, más platónica que real. La publicación veía la luz en las instalaciones de la Imprenta Yugoslava, hoy desaparecida, y lo que se recaudaba era entregado a la beneficencia. La publicación se agotaba en Chile y era vendida en la Patagonia Argentina, incluso poemas de Alfonsina Storni fueron parte de sus nueve ediciones.

“En el Punta Arenas de ese entonces, que contaba con unas 20 mil habitantes aproximadamente, esa revista era un lujo. La ciudad contaba con seis diarios, algunos en otros idiomas debido a las colectividades de inmigrantes croatas o ingleses y ello era un escenario literario muy atractivo para Mistral”, puntualiza Martinovic.

En sus páginas quedaron plasmadas las ideas de una Gabriela Mistral feminista que escribía sobre el voto femenino, los problemas limítrofes de Chile o la ley de Instrucción Primaria Obligatoria. Y en paralelo y como si fuera poco, la Nobel escribe “Desolación” en una fría habitación de un segundo piso, antigua casona que el investigador descubrió luego que un peluquero le contara que su madre, Bernarda Cowell era alumna de Mistral y que habitualmente la acompañaba hasta su casa ubicada en la actual Pedro Montt de Punta Arenas a pasos de su amado liceo y de la Plaza de Armas.

Es innegable que el poemario fue inspirado por su estadía en su amada Magallanes y sus versos así lo confirman: “La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde /me ha arrojado la mar en su ola de salmuera. /La tierra a la que vine no tiene primavera: /tiene su noche larga que cual madre me esconde”.

Desde muy joven proclamó el voto femenino aunque nunca llegó a hacerlo. “Ella quiere votar por mujeres, es un feminismo bastante consecuente. Tenemos que ponernos en el contexto de casi 100 años atrás, donde incluso la inteligencia de la mujer estaba puesta en duda”, dice Martinovic.

AMOR POR MAGALLANES

Quiso mucho el sur de Chile, tanto, que cuando ganó el Nobel lo dedicó al Valle de Elqui y a su recordado Magallanes. Es lo que más amó porque logró construirse un espacio que nunca tuvo en Santiago ni en ningún otro lado. “El Punta Arenas cosmopolita del siglo pasado no le recriminó a Mistral que no poseyera título de profesora. Los migrantes y familias mezcladas con extranjeros, los obreros y las madres pobres, estaban muy lejos del comidillo de los títulos.

También supo relacionarse muy bien con el mundo intelectual local y forjó amistad, por ejemplo, con el doctor Mateo Bencur,  uno de los más grandes escritores eslavos o con Juan Alberto Barrera, Juan Bautista Contardi, entre otros”, afirmó Martinovic.

Ella llegó a convertirse en una figura poderosa en la ciudad, no solo porque estaba amparada por Aguirre Cerda, sino porque su profesionalismo y su visión respecto del rumbo que debía tomar el Liceo de Niñas, abrió rápidamente en la población, un genuino respeto y admiración por la poetisa. “Existen fotos, -de las 22 que se conocen, 13 son tomadas en Magallanes-, donde aparece ella entregando el discurso para las Fiestas Patrias. Ella es hábil y prontamente se da cuenta del poder que conlleva tener el cargo al que fue designada y lo ocupa para mejorar las condiciones educativas de los pobladores y sus alumnas”.

MUJER COMPLEJA Y VALIENTE

Se le critica que no haya tenido un rol activo de defensa de los derechos humanos de los aborígenes, pero en su defensa se puede decir que cuando Mistral llegó a la zona austral, la misión San Rafael de isla Dawson ya estaba concluida, específicamente en 1911. Pero,  sí fue una mujer activa que trabajó arduamente por el mundo obrero y con los sindicatos, incluso plasmó en su poesía la matanza de Puerto Bories en Natales donde los cadáveres de los obreros manifestantes se mezclan con las ovejas faenadas.

“Mistral fue una mujer muy compleja y valiente. Se atrevió a vivir y dirigir un colegio en momentos muy belicosos de la Patagonia chilena. Superaba el metro 80, fumaba y tenía un cierto dejo de superioridad, y aunque sus opositores  la llamaban la “intrusa”, era una mujer muy sensible que regalaba lo que no tenía, tanto a sus alumnas como a los vecinos de Punta Arenas. Incluso sentía un respeto único por el medio ambiente, escribió sobre la ciudad y la belleza de los árboles y junto a sus alumnas sembró numerosos ejemplares. Desgraciadamente, uno de estos cipreses se secó el año pasado”.

A 100 años de la llegada de Mistral a Punta Arenas, un pabellón en su nombre en el actual Liceo de Niñas guarda sillas, su escritorio y fotos inéditas. El Museo Regional de Magallanes, en tanto, resguarda 36 cartas originales de la poetisa. No existe una calle principal que le rinda homenaje ni una ruta que recuerde a las nuevas generaciones que por esas calles, una mujer brillante escribiría como protesta: “Piececitos de niño, azulosos de frío, ¡cómo os ven y no os cubren, Dios mío!

Un siglo después, la premio Nobel, la poetisa, la profesora de oficio, la bibliotecaria, la escritora, la mujer fraterna, sigue sin ser reconocida como se merece. Quizás su mayor pecado es haber nacido mujer, pobre y valiente.