Celebrar lo popular en clave huachaca

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Comenzamos el mes de la Patria con una crónica sobre la cultura huachaca como expresión viva de identidad y memoria popular, nacida en la música, el territorio y la experiencia compartida. 

En algún bar del puerto, un joven Roberto Parra rasguea la guitarra mientras el vino corre y la noche se espesa. La Negra Ester nace ahí: entre marineros, risas cansadas y amores que no prometen nada. No es ficción ni folclor de vitrina, es vida cantada, puerto adentro, donde la pena se baila para no hundirse. Su melodía suena entre la atmósfera porteña, una cultura se desprende de esa escena: la Huachaca.

Así damos vida a una de las culturas más ricas en lo popular y festividad. Una expresión ligada a la identidad urbana y rural vista por primera vez en la zona central de Chile. 

A modo de historia, la palabra huachaca tuvo por años una connotación despectiva, asociada a lo ordinario o marginal. Sin embargo, desde fines del siglo XX fue apropiada con orgullo, resignificándose como símbolo de autenticidad, goce y permanencia popular.

¿Cómo no serlo, si sus rasgos centrales envuelven celebración, humor, picardía, valoración de lo popular, espíritu comunitario y desorden creativo? En síntesis, la cultura huachaca es memoria, estilo y posición cultural

Hay culturas que nacen en los libros y otras que emergen del vino derramado sobre la mesa. Esa es la cultura huachaca. No pide permiso ni certificación académica: se instala en la música que suena en una radio antigua, en el bar de barrio que resiste al progreso inmobiliario, en la risa que aparece justo cuando la pena aprieta. Es Chile mirándose al espejo sin maquillaje.

Une risa y pena. Es reírse de uno mismo sin cinismo. Llorar cantando. Bailar, aunque mañana sea lunes. Hay algo profundamente humano en esa atmósfera: una ética del goce como resistencia.

¿Es folclor o algo distinto? No es folclor propiamente tal. La cultura huachaca dialoga con el folclor, y ahí radica parte de su riqueza: se canta en ronda, con letras improvisadas, con desorden. 

Es una cultura popular urbana, más cercana a la experiencia que al archivo. Aunque desde fines de los años 90, el llamado Movimiento Huachaca le dio visibilidad pública, lo huachaca no nace ahí. Viene de mucho antes: de la migración campo–ciudad, del puerto, del conventillo, de la radio AM, del amor mal pagado.

Si la cultura huachaca tuviera un pulso, sería musical. Su banda sonora mezcla bolero llorado, cueca brava, cumbia sudada, valses porteños y canciones que hablan de amores imposibles y derrotas dignas.

Así aparecen nombres fundamentales: Roberto Parra, con su cueca chora urbana; Lucho Barrios, el bolero como herida abierta; Cecilia, la Incomparable, dramatismo popular elevado a himno; Los Ángeles Negros, llevando la melancolía chilena a América Latina. Más tarde, bandas como Chico Trujillo, Juana Fe o La Sonora de Tommy Rey reactivan ese espíritu en clave contemporánea.

No es música pulcra. Es música que se canta con el cuerpo, con vaso en mano, con historia encima.

La cultura huachaca vive en quintas de recreo, bares antiguos, picadas, barrios de Santiago, y especialmente, en el puerto de Valparaíso. Son espacios donde la fiesta convive con la memoria, donde el tiempo parece doblarse y donde la conversación importa tanto como el baile. Ahí, lo huachaca no se actúa: se comparte

Mientras el pueblo vivía lo huachaca en la música, el bar y la fiesta, el sociólogo Pablo Huneeus lo observaba desde la pantalla, preguntándose si esa misma cultura estaba siendo vaciada de contenido por la televisión y la industria cultural.

Unas de las figuras clave de la cultura popular chilena contemporánea es Dióscoro Rojas, conocido  como el Gran Guaripola Huachaca. Dedicó su vida a reivindicar la cultura popular urbana.

Impulsor del Movimiento Huachaca a fines de los 90, resignificó el término como orgullo identitario, sacó la cultura popular del margen y la puso en el centro del debate cultural. Creó hitos como la Cumbre Guachaca y la figura del Rey y Reina Huachaca, elegidos no por glamour, sino por cercanía con el pueblo. 

Reivindicó a figuras como Roberto Parra, Lucho Barrios y la música que sonaba en radios AM, bares y quintas de recreo, cuando aún eran miradas en menos por el canon cultural.

Dióscoro Rojas no fue solo un gestor cultural: fue una voz que empujó al Chile popular a hablar en primera persona. Sin solemnidad, sin permiso y sin miedo al exceso.

Hoy, cuando lo popular vuelve a ser discutido y resignificado, la cultura huachaca aparece como una respuesta lúcida: no idealiza la pobreza, pero tampoco la esconde; no reniega del dolor, pero lo convierte en canción.

La cultura huachaca no promete éxito. Promete algo mejor: pertenencia. Y en tiempos de individualismo extremo, eso ya es una forma de revolución silenciosa.

Marie-Astrid Stock De La Cerda, Corresponsal Logia Cantera del Maipo N°43 de Buin. 
* Imagen La zamacueca (Manuel Antonio Caro, 1873).