Día del Forjador Ambiental: Entrelazar generaciones y saberes

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Créditos imagen: Felipe Zanotti en Laderasur.com

Cada 18 de octubre se conmemora en Chile el Día del Forjador y la Forjadora Ambiental. La fecha remite a una iniciativa que tiene ya más de dos décadas de historia, pero que resulta especialmente pertinente en un presente marcado por la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la escasez hídrica y múltiples conflictos socioambientales.

En este escenario, niños, niñas y jóvenes ocupan un lugar fundamental: no solo porque deberán convivir durante más tiempo con las consecuencias de estas transformaciones, sino porque son capaces de observar, interpretar y proponer otras formas de relacionarnos con nuestros entornos. Sus experiencias y conocimientos adquieren todavía mayor fuerza cuando entran en diálogo con las memorias, saberes y prácticas de las personas adultas y mayores. El trabajo intergeneracional permite así distinguir diferentes maneras de conocer y habitar un territorio y construir, a partir de ellas, respuestas colectivas frente a las crisis socioambientales.

Los Clubes de Forjadores Ambientales nacieron en 1999, durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, al alero de la campaña “Chile, yo te cuido”, impulsada por la entonces Comisión Nacional del Medio Ambiente (CONAMA). Sin embargo, resulta especialmente interesante detenerse en cómo se gestó esta iniciativa. Su origen se vinculó con grupos que ya se organizaban en establecimientos educacionales para desarrollar acciones ambientales relacionadas, entre otras materias, con los residuos, la deforestación y el cuidado de áreas verdes. En este sentido, los Forjadores no representan solamente una iniciativa diseñada por el Estado para ser implementada posteriormente en las comunidades. Su historia muestra también el recorrido inverso: prácticas ambientales que ya estaban siendo desarrolladas localmente fueron reconocidas, articuladas y fortalecidas desde la institucionalidad pública. Es un buen ejemplo de cómo una política estatal puede nutrirse de experiencias comunitarias preexistentes y contribuir a ampliar su alcance sin necesariamente sustituir el protagonismo de quienes las impulsan.

Hoy, ser Forjador o Forjadora Ambiental no supone obtener una certificación individual ni cumplir una trayectoria previamente establecida. La iniciativa mantiene algo de aquel espíritu comunitario que estuvo en su origen: los Forjadores se organizan en clubes, entendidos por el Ministerio del Medio Ambiente como grupos autoconvocados y autogestionados que se reúnen para actuar en favor del medioambiente. Pueden surgir en una escuela, un jardín infantil, una universidad, una organización vecinal u otros espacios comunitarios, y estar integrados por niños, niñas, jóvenes o personas adultas. Son los propios grupos quienes definen sus intereses y desarrollan acciones principalmente vinculadas con sus entornos locales y pueden registrar su club en la plataforma del Ministerio del Medio Ambiente para formar parte de la red de Forjadores Ambientales. Más que una condición que se adquiere, ser forjador expresa así una forma de organizarse con otros para conocer, cuidar y transformar el lugar que se habita.

Esta historia sigue siendo relevante más de dos décadas después. Frente a la magnitud de las crisis socioambientales actuales, las respuestas no necesariamente comienzan con una política o un programa. Muchas veces surgen primero en los territorios: en una escuela que recupera un espacio degradado, en niños y niñas que se preguntan por la contaminación de un río, en vecinos que se organizan para proteger un humedal o en comunidades que buscan recuperar prácticas de cuidado que se estaban perdiendo. El desafío de las políticas públicas es también aprender a reconocer esas capacidades, dialogar con ellas y generar condiciones para que puedan sostenerse y fortalecerse.

En estas experiencias, el encuentro entre generaciones adquiere un valor particular. Niños, niñas y jóvenes no llegan a la educación ambiental como páginas en blanco que deben ser enseñadas por las personas adultas: observan aspectos del territorio que muchas veces los adultos hemos naturalizado, formulan otras preguntas e imaginan posibilidades distintas para los lugares que habitan. A su vez, las personas adultas y mayores aportan memorias que permiten reconocer transformaciones que solo se hacen visibles en el tiempo: cursos de agua que han cambiado, especies que antes estaban presentes, lugares que se han degradado o formas de encuentro y cuidado comunitario que se han ido perdiendo. Cuando estos saberes entran en diálogo, la educación ambiental deja de ser una transmisión de conocimientos de una generación a otra y puede convertirse en un proceso de aprendizaje mutuo y de construcción colectiva de respuestas frente a problemas compartidos.

Las escuelas, especialmente las rurales, ocupan una posición especialmente significativa para propiciar estos encuentros. Están insertas en territorios concretos y reúnen cotidianamente a niños, niñas y jóvenes, docentes, familias y otros actores de la comunidad. Por ello, pueden ser mucho más que lugares donde se enseñan contenidos sobre el medioambiente: pueden constituirse en espacios desde los cuales observar el territorio, recuperar sus memorias, reconocer sus transformaciones y articular iniciativas para su cuidado. Experiencias como las de los Forjadores Ambientales muestran la potencia que adquiere la educación ambiental cuando la escuela abre sus puertas y se vincula con los saberes, preocupaciones y capacidades que existen en su entorno. En ese movimiento, la comunidad entra en la escuela, pero también la escuela sale al territorio y se reconoce como parte de él.

Esta manera de comprender el cuidado encuentra también resonancias en saberes y formas de relación con el territorio que tienen una larga historia en nuestro país. Desde la filosofía del Az Mapu, refiere a principios que orientan las relaciones entre quienes habitan un territorio y las distintas formas de vida que lo componen, procurando relaciones de equilibrio y reciprocidad. En este marco, la noción de «itrofill mongen», a veces traducida como biodiversidad pero cuyo sentido excede esa equivalencia, reconoce la multiplicidad de formas vida -humanas y más que humanas- y las relaciones de interdependencia que las sostienen (loncon, 2023). Desde esta perspectiva, cuidar un territorio no significa solamente proteger determinados “recursos naturales”, sino reconocer que nuestra propia existencia está entrelazada con las aguas, los bosques, los animales, las plantas y las demás formas de vidas con las que compartimos un lugar. Incorporar estos saberes a la educación ambiental no consiste simplemente en sumar contenidos culturales a un currículum, sino en abrirnos a otras maneras de comprender qué significa habitar, relacionarnos y asumir responsabilidades respecto del mundo del que formamos parte.

Quizás allí radique la vigencia de la figura del forjador y la forjadora ambiental. Forjar es construir, dar forma, transformar; y frente a las crisis socioambientales que atravesamos, esa tarea difícilmente puede realizarse de manera individual o desde una sola generación. Requiere niños, niñas y jóvenes reconocidos como actores capaces de participar y producir conocimiento; personas adultas y mayores que aporten sus experiencias y memorias; escuelas abiertas a sus territorios; comunidades organizadas, e instituciones públicas capaces de escuchar, reconocer y fortalecer las iniciativas que surgen desde ellas.

Tim Ingold (2025) nos propone una sugerente imagen para pensar este desafío: en lugar de imaginar las generaciones como capas que se suceden y reemplazan unas a otras, podemos pensarlas como las fibras de una cuerda que se entrelazan. Cada vida tiene una extensión limitada, pero la cuerda continúa porque nuevas fibras se incorporan mientras otras permanecen todavía en el tejido. El futuro, desde esta perspectiva, no pertenece exclusivamente a quienes vienen después: se produce en el tiempo compartido en que distintas generaciones coinciden, se acompañan y hacen cosas juntas. Isabelle Stengers (2017) nos invita a añadir algo fundamental a esta imagen: frente a un mundo cada vez más incierto, necesitamos aprender y cultivar prácticas de colaboración, confianza y apoyo mutuo. Tal vez ese sea también el sentido más profundo de conmemorar a quienes forjan ambientalmente nuestros territorios: aprender a entrelazar generaciones, saberes y formas de vida para cuidar juntos un mundo que no solamente compartimos, sino del que formamos parte.

María Isabel Reyes Espejo, Logia Armonía N°14 de Viña del Mar.
Créditos imagen: Felipe Zanotti en Laderasur.com