El Día Internacional de la Mujer, reconocido oficialmente por las Naciones Unidas en 1975, tiene sus raíces en las luchas sociales de inicios del siglo XX. Conmemorado por primera vez en 1911, nació en un contexto de profundas desigualdades laborales, políticas y sociales que impulsaron a miles de mujeres a organizarse y exigir condiciones más justas de vida y trabajo.
En 1908, 15.000 mujeres marcharon en Nueva York reclamando jornadas dignas, salarios justos y el derecho a sufragio. Tres años después, el incendio de una fábrica donde murieron 146 trabajadoras evidenció dramáticamente la precariedad en que muchas se desempeñaban. Estos acontecimientos marcaron un punto de inflexión y consolidaron una lucha sostenida por reconocimiento, justicia y dignidad.
A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, esta conmemoración ha sido también un espacio para visibilizar las desigualdades persistentes. Según ONU Mujeres, a nivel mundial las mujeres continúan percibiendo en promedio un 20% menos de ingresos que los hombres por trabajos de igual valor. Una de cada tres mujeres ha experimentado violencia física o sexual a lo largo de su vida. En el ámbito político, pese a avances significativos, aún no se alcanza la paridad real en la mayoría de los parlamentos del mundo. Estas cifras no son solo estadísticas: son evidencia de que la igualdad formal no siempre se traduce en igualdad sustantiva.

Esta fecha no es solo memoria histórica; es conciencia presente. Los derechos alcanzados no fueron concesiones, sino fruto de perseverancia y convicción ética. Hoy existe un temor legítimo ante posibles retrocesos cuando, desde ciertos espacios de poder, no se visibiliza con claridad la profundidad de esta lucha ni se asume como prioridad explícita la defensa de la igualdad. Cuando los derechos se relativizan, lo que se pone en juego es la dignidad humana y la coherencia democrática.
Defender el respeto por la vida, la libertad de conciencia y el pensamiento libre y laico de las mujeres es sostener principios esenciales: igualdad, autonomía moral y justicia. Valores profundamente vinculados a la tradición masónica, que convoca a trabajar por una sociedad más fraterna y equitativa.
Para las mujeres masonas, esta fecha adquiere una resonancia particular. La Masonería nace y se sostiene sobre la perfectibilidad humana, la libertad de pensamiento y la construcción consciente de un mundo más justo. No se puede ser indiferente cuando la igualdad se tensiona o cuando la dignidad femenina se ve amenazada en cualquier ámbito: laboral, político, social o simbólico. El compromiso masónico no es abstracto; se expresa en la acción ética cotidiana, en la formación, en la palabra responsable y en la defensa activa de los derechos humanos.
Escrito por Paola Pérez Vilches, Logia Venus Geométrica N°52 del Litoral Central.
Departamento de Género GLFCH.


