La perfección de la Tierra y el desafío de conservarla

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Una cálida noche de verano, contemplando en el valle del Elqui, la inmensidad de estrellas que como un manto de tul cubrían el cielo, vi deslizarse una estrella fugaz. Me surgió entonces la pregunta de ¿dónde viene y hacia dónde va? Muchas elucubraciones surgieron en ese momento, y me detuve a pensar en la perfección de la naturaleza. 

Nuestro planeta Tierra, como un componente más del sistema solar, tiene una armonía y rigurosidad en su comportamiento que configuran el accionar de los seres vivos que habitamos en ella. El aire, el día y la noche, las estaciones del año, las fases de la luna, así como las características propias de las zonas desérticas, de regiones heladas o selváticas, definen la forma de vida del mundo animal, vegetal o microbiota, cuya dependencia principalmente es del agua, el oxígeno y la luz solar. La sabiduría de la naturaleza nos permite vivir casos de mutualismo entre el reino animal y vegetal. Valga recordar que respiramos el oxígeno del aire y exhalamos dióxido de carbono, que es útil para los vegetales, y ellos nos proporcionan oxígeno. Se dice que un árbol, en un día, aporta oxígeno para dos personas. O el caso de las hormigas que interactúan con la acacia, que utilizan como refugio a cambio de protección.  

Sin embargo, el ser humano -que, por su inteligencia ocupa el primer lugar en la cadena de los animales y que investiga sin detenerse para lograr la respuesta al origen del cosmos-  ha sido el principal destructor de la cadena de armonía en la naturaleza, generando grandes cambios, en los mares, ríos, calidad del aire, flora, fauna, zonas desérticas y la amazonia. 

En este Día de la Naturaleza reflexionemos sobre la forma en que, desde nuestros espacios familiares, laborales, comunitarios, recreativos, podemos contribuir con pequeñas o grandes acciones para salvar nuestro planeta.    

Escrito por Ruth Pinto Salgado, Logia Mediodía Nº49 de Santiago.
Departamento de Medio Ambiente y Sustentabilidad GLFCH.