Chile: de la patria heredada a la comunidad que construimos

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Todos los años, cuando septiembre trae de vuelta el olor a asado y el sonido de los volantines, Chile repite un gesto que casi nunca se detiene a examinar: llama patria a algo que en realidad es una pregunta abierta. Se iza la bandera, se baila cueca, se comparte una empanada, y en ese conjunto de actos se da por sentado que todos entendemos lo mismo cuando decimos chilenidad. Pero conviene preguntarse, aunque sea una vez al año, qué es exactamente lo que estamos celebrando cuando celebramos la patria.

La palabra arrastra un peso que no siempre notamos. Patria remite a lo paterno, a un origen dado, a una herencia que se recibe más que se construye. Es una idea que mira hacia atrás, hacia la sangre, el territorio heredado, los símbolos que ya estaban ahí antes de que naciéramos. Frente a esa herencia pasiva, vale la pena poner otra idea, menos cómoda pero más honesta: la de comunidad. Una comunidad no es un dato que se recibe, sino un pacto que se sostiene todos los días entre personas que se reconocen mutuamente como parte de un mismo proyecto físico, político e identitario, y que —al menos en su versión más exigente— se orienta hacia el bien de todos y no solo de algunos.

El origen histórico de esta fecha ayuda a entender la diferencia. El 18 de septiembre de 1810 no se firmó ninguna independencia: se instaló en Santiago la Primera Junta Nacional de Gobierno, presidida por Mateo de Toro y Zambrano, luego de que la prisión de Fernando VII a manos de Napoleón dejara a la Corona española sin cabeza visible. Los criollos chilenos no declararon entonces una ruptura, sino que se organizaron en un Cabildo Abierto para gobernarse a sí mismos mientras el rey estuviera cautivo. La independencia se concretó recién el 12 de febrero de 1818, con la firma del Acta correspondiente. Lo que conmemoramos cada 18 de septiembre, entonces, no es un desenlace, sino un comienzo, el momento en que un grupo de personas decidió, deliberadamente, empezar a gobernarse.

Ese matiz no es un detalle de anticuario. Importa porque revela que la patria chilena no nació de un hecho de sangre ni de una esencia previa, sino de una decisión política. La de un grupo de personas que resolvió, en una sala de Santiago, hacerse cargo de su propio destino. Ahí hay ya una comunidad en el sentido que interesa aquí: no una raza, no un territorio con fronteras naturales, sino un acuerdo entre personas que se reconocen capaces de gobernarse juntas.

El escudo nacional lleva grabado un lema que suele leerse como una amenaza velada: «Por la razón o la fuerza». Es una fórmula que reserva a la fuerza el lugar de último recurso, cuando la razón ha fracasado. Pero puede leerse también —y esta es una propuesta, no una interpretación oficial del escudo— de otra manera: no como una disyuntiva entre dos caminos posibles, sino como un programa. Construir la patria «por la fuerza de la razón». Es decir, entendiendo que la única fuerza legítima de una comunidad política es la que nace del acuerdo razonado entre quienes la componen, no la que se impone desde arriba ni la que se hereda sin discusión.

Esa fuerza de la razón es, en el fondo, lo que sostiene cualquier comunidad que merezca ese nombre. No basta con compartir un territorio ni con izar la misma bandera. Hace falta reconocerse mutuamente como interlocutores válidos, discutir lo que nos conviene como conjunto, y aceptar que el bien común no es la suma de los intereses privados sino algo que hay que construir entre todos, muchas veces en contra de esos mismos intereses privados. Una comunidad se distingue de una masa que simplemente comparte un mismo suelo en que delibera, discrepa y decide, en vez de limitarse a coincidir en un paisaje.

Septiembre, con sus tradiciones —la fonda, el volantín, la cueca, el asado compartido con vecinos—, tiene el mérito de reunir físicamente a la gente. Eso ya es valioso: no hay comunidad posible sin encuentro. Pero el encuentro festivo, si no viene acompañado de una pregunta sobre qué proyecto compartimos y hacia qué bien común caminamos, corre el riesgo de agotarse en la nostalgia y el folclore. Se puede bailar cueca todos los años y, aun así, no construir nada juntos. La comunidad que vale la pena celebrar no es la que se reúne una vez al año en torno a una bandera, sino la que sostiene, los otros trescientos sesenta y cuatro días, la difícil conversación sobre cómo vivir en conjunto.

Por eso, más que repetir la palabra patria como si fuera evidente, propongo entenderla —o de plano reemplazarla— por la idea de una comunidad de personas que se reconocen como miembros de un mismo espacio físico, político e identitario, y que buscan, con la fuerza de la razón compartida y no con la imposición, aquello que les conviene a todos. Esa es la fuerza que instalaron, sin saberlo del todo, quienes se juntaron en el Cabildo de 1810: la de creer que un grupo de personas puede sentarse a decidir su destino en común. Ese gesto, más que cualquier empanada o cualquier volantín, es lo que de verdad merece celebrarse cada septiembre.

Ginet Leiva Saavedra, Corresponsal Logia Cruz del Sur N°6 de Santiago.